lunes, 27 de diciembre de 2010

Pepe el vivo

El Perú es lo máximo, eso nadie lo puede negar. La naturaleza ha bendecido a nuestro país. Tenemos todo: una biodiversidad envidiable, paisajes alucinantes, casi todos los climas de la Tierra, el subsuelo lleno de petróleo, gas y otros ricos minerales, una cultura milenaria. Los peruanos somos simpáticos, graciosos, ingeniosos, hospitalarios.

Si tenemos todo para ser un gran país, ¿por qué hay pobreza, atraso, desorganización, falta de educación? La culpa de todo la tiene Pepe el vivo. Pepe el vivo no es cojudo,no, él es bien sapo. Cuando sale en su carro no deja que nadie se le adelante. No cede el paso ni respeta al peatón. Se pasa la luz roja y vive con la mano pegada al claxon. Pepe no hace colas, no respeta turnos, no paga deudas.

Pepe el vivo es criollazo. Pesca al vuelo las oportunidades y se aprovecha de ellas. Cada vez que puede hace el avión. Evade impuestos, saca su "alita", pregunta cuánto hay. Le encanta la política y entiende el estado como un botín al que hay que tomar por asalto. Quiere ser alcalde, congresista, presidente.

¿Servir a la patria? ¿Mejorar su distrito, su región su país? ¿Ordenar el Perú? ¿Organizarlo mejor? ¿Educar a los niños y jóvenes? ¿Atender las necesidades de salud de las personas? ¿Proteger la biodiversidad? ¿Cuidar los bosques? ¿Asegurar el uso racional y responsable del agua? ¿Combatir la pobreza?

No pues, Pepe es un bacán.

sábado, 19 de junio de 2010

Dos chilcanos

Todas las noches, Sonia trepaba su perro al auto para que la acompañara a dejarlo en la cochera. Lo llevaba porque al perro le encantaba viajar en auto, sacando la cabeza por la ventana y también porque aunque era un perro chiquito ella sentía que la protegía en las tres cuadras que había de la cochera a su casa y principalmente en el parque, tan oscuro y amenazante de noche.
Al llegar a la cochera era un toque de claxon y al momento aparecía ese señor ya mayor tan circunspecto, que vestido de terno y saludando con respeto se encargaba de la puerta y de señalar los espacios libres en el garaje.
–Buenas noches señor, gracias.
–Buenas noches señora, hasta mañana.
La misma rutina noche a noche.
Aquel jueves fue diferente.
Era más tarde que de costumbre. Sonia venía del “Juanito”. Había estado allí con unas amigas, dos chilcanos de pisco, animada conversación de mujeres. Sonia se habría quedado, pero pensaba en la cruzada del parque y eso la intranquilizaba. Unas noches atrás había habido un pequeño incidente. Ella estaba con el perro, pero éste se había rezagado, olfateando en una pared del camino el rastro de algún congénere.
Sonia caminaba pegada a la pared y había visto que venía un grupo de hombres.
–Ahora qué hago –se preguntó. Pero luego pensó que eran tantos que no se atreverían a meterse con ella.
Siguió caminando con la misma resolución y su propia seguridad la sorprendía. De todas formas pasó uno, pasó el segundo y ya el siguiente se animó a acorralarla contra la pared y le metió la cara acercándola a su mejilla.
–¿Qué te pasa malcriado?
Siguió sorprendiéndole su propia compostura.
–Sí oye, no seas malcriado –dijo un hombre mayor que venía al final del grupo– por favor disculpe señora, disculpe ¿ah?
Eso había sido todo. Siguió andando. Atrás el perro (que no se había enterado de nada). Sonia siguió su camino, después de todo, nada había pasado. El perro empató con ella...
–Si te traigo es para que me cuides, tonto ¿dónde te quedaste?
Aunque el suceso no había sido demasiado significativo al momento de ocurrir, trajo secuela. Sonia se cuidaba más ahora y ya eran las once pasadas, mejor irse a la casa. Se despidió de sus amigas poniéndose de acuerdo para una próxima reunión. Carla dijo que la llamaría para conversar sobre el contenido del siguiente número de la revista. Quería que de todas maneras Sonia participara.
–Sí, avísame, me gustaría mucho. Chao.
Llegó a la cochera y tocó como de costumbre el claxon. Nadie abría. Pensó que era raro. El caballero estaba siempre atento y no recordaba que alguna vez se hubiera demorado. Tocó nuevamente. Nada. Pasaban los minutos y todavía tenía que cruzar el parque... Decidió bajarse del auto y tocar el timbre. Volvió al auto, cerró la puerta, se le vino un bostezo.
En ese momento se abrió el portón. No era el viejo.
–¿Hace rato que tocabas?
–Sí hace rato. ¿Usted no escuchaba?
–Yo prefiero que toques el timbre. Los bocinazos de la calle me confunden y además, como estoy escuchando música. El timbre mejor.
–Ah, está bien. El señor nunca me dijo eso.
–El señor no va a estar.
–Ah, bueno. Disculpe. Ya mañana tocaré el timbre.
–No hay problema. ¿Cómo te llamas?
La pregunta desconcertó a Sonia. ¿Por qué tanta familiaridad? ¿Qué confianzas se daba este tipo? Pero igual, no perdía nada:
–Sonia. Sonia Urquiza.
–Por si acaso yo soy Carlos.
–Bueno, gracias.
–De nada, chao.
Sonia salió preguntándose qué habría sido del señor de terno que no se quitaba la corbata nunca. Sólo en las mañanas, cuando iba por el carro muy temprano, lo encontraba con una gruesa casaca puesta sobre el inevitable terno. Era un viejo alto, flaco, perfectamente correcto. A Sonia siempre le había parecido raro que un señor así trabajara de guardián en una cochera. ¿Y este muchachito atrevido? Con el pelo revuelto y esos ojos negros que miraban con descaro. Qué desfachatez para hablar. Atorrante, claro, pero indudablemente atractivo. ¿Sería el nuevo guardián?
Sonia vio que en la esquina de la entrada del parque había un auto estacionado con tres tipos adentro. No tenían aspecto demasiado santo y ella se paró en seco dudando por un instante si seguir y hacerse la desentendida o volver sobre sus pasos y cambiar de camino. Ya era tarde, dar toda la vuelta para meterse por la otra entrada del parque tal vez sería un riesgo mayor. Ahora, lo más seguro, regresar al garaje. Ahí estaba el carro. Lo sacaría y se iría en él hasta la casa. Que se quedara afuera, total, por una noche...
Esta vez tocó el timbre y Carlos volvió a demorarse. Insistió. Estaba asustada.
–¿Qué pasó? –preguntó él.
–No me animo a irme andando a mi casa. Hay unos hombres en un carro, me dan miedo.
–Pasa, pasa.
–Voy a sacar el carro, disculpa la molestia.
–Pero ¿qué hombres? ¿dónde? ¿y dónde es tu casa?
–Allá, al otro lado, cruzando el parque. Los tipos están en la entrada de aquí a la vuelta.
–Si quieres espérate un rato y yo después te acompaño. Sólo falta que llegue un auto más y ya son casi las doce.
–¿De verdad?
–Claro, si no tu carro se queda afuera y ahí sí que puede pasar algo. Pasa un ratito. Si quieres entra al cuarto. Hace frío aquí afuera.
Sonia se dejó llevar. Mal que bien, dos chilcanos son dos chilcanos. Se sentía ligera y audaz. Del cuarto salía la estridencia de un heavy rock. Pero de verdad que hacía frío y adentro estaba calentito y era acogedor. Había una cama con una manta, junto a ella un estante lleno de revistas, libros y cassettes, a un lado una mesa y una silla, sobre la mesa una tocacassette, un vaso, una botella de pisco y otra de coca-cola.
–Tú recién trabajas desde hoy aquí ¿no?
–Sí, pero este garaje es de mi familia y este es desde hace tiempo mi cuarto. Aquí estudio y desde hoy voy a quedarme a dormir para cuidar los autos.
–¿Y el señor?
–Ya no vuelve. Mi papá me ha dado a mí la chamba. Yo estudio y así voy a sacar algo de plata. Además, a mí me gusta estar solo. Prefiero estar aquí que en mi casa. Allá duermo con dos hermanos. Aquí nadie me fastidia. ¿Te das cuenta?
–¿Y vas a dejar los carros solos para acompañarme?
–Eso es un ratito. No pasa nada. No te preocupes. ¿Un pisquito?
–No creo... aunque, ya pues. Gracias. Hace frío en verdad.
–¿Y de dónde venías a esta hora?
–De Barranco, estuve en un bar con unas amigas.
–¿Un bar?
–Sí, el “Juanito” ¿conoces?
–No.
–Oye, la cochera sólo abre hasta las doce ¿no?
–Sí.
–¿Qué hora es ya?
–Son las doce y diez.
–¿Vas a esperar todavía?
–Un rato porque el que falta es mi amigo y ya quedé con él.
–Pero de repente viene muy tarde y luego ya es el toque de queda.
–Ahorita viene. Ya no tarda.
–Mejor me voy no más. Voy a sacar el auto.
–Pero si falta un montón para el toque de queda y estamos cerca, espera un rato todavía. No te va a pasar nada. Vas a llegar a tu casa sana y salva. ¿Qué crees?
–No, mira, vamos a dejarlo hasta ahí no más. Me voy.
–Yo no voy a hacerte nada. Ni se me había ocurrido. Ya estás mayorcita para mí. A lo mejor tú eres la que quiere conmigo. Seguro que te inventaste lo del carro y los mafiosos.
Sonia sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Se lo tenía bien merecido. ¿Quién la mandaba volver a la casa tan tarde de noche? ¿Por qué había vuelto al garaje? ¿Qué tenía ella que aceptarle un trago a un desconocido? ¿Por qué se exponía así a que un mocoso le faltara el respeto diciéndole cosas tan horribles?
Lo peor era que se desconocía. Difícilmente se ponía ella en situación yan equívoca y que la dejaba desarmada. Al contrario. Si algo la caracterizaba era la distancia que ponía entre ella y cualquier persona. Así fueran conocidos y con mayor razón desconocidos. Pero estaba bien. Siempre había que aprender y ahora tampoco era cosa de hacer tamaño papelón.
Aguantó la respiración, contuvo las lágrimas que todavía no caían, se secó rápida y disimuladamente una que ya resbalaba por su cara y salió del cuarto.
–Ábreme por favor el portón, voy a sacar mi carro.
En ese momento sintió como si un pesado costal de papas le hubiera caído sobre la espalda. Fue un instante de sorpresa y confusión. El chico la estaba abrazando, comenzaba a darle besos en el cuello, la apretaba cada vez más fuerte. Se quedó paralizada. No entendía nada. ¿Es que era una violación? Cuando iba a empezar a gritar, él la soltó.
–Disculpa, discúlpame por favor. No vayas a pensar que soy una bestia. Nunca había hecho una cosa así. No sé qué me pasó. No he debido decirte nada. No he debido tocarte. No pude aguantarme. Es que me gustas mucho. Te vi bostezando cuando te abría la puerta y me gustaste. Mira que no te conozco. Pero me gustaste. Ya no va a venir ningún carro más. Era mentira, vamos, te acompaño. Es una cosa muy rara lo que me ha pasado. Quería estar contigo.
Sonia no entendía nada, pero lo más inquietante era que no estaba furiosa. Por el contrario, todavía sentía en su cuerpo los brazos apretándola, los labios besándola con desesperación y la sensación era placentera. Ese chico le gustaba. Nunca le había pasado algo así. Se quedó muda un rato mirándolo, hasta que oyó lo que él decía.
–Quédate conmigo.
–No, ya me voy.
–Anda, quédate.
–No. No voy a quedarme. Ya es casi la una. No creo que esos sigan ahí.
Avanzó con resolución hacia la puerta, la abrió, salió. Carlos se había quedado parado, mirándola. Ya no dijo nada más. Una vez afuera, ella se echó a correr y no paró hasta su casa. Jadeaba. Como siempre, demoró todavía un rato abriendo el cantol, una cerradura, la otra. Subió en puntillas apagando las luces su paso. Entró al dormitorio de sus hijos, los besó y los arropó. Luego al baño. De ahí a su cuarto.
–Hola gorda –gruñó Héctor con los ojos cerrados.
–Hola, creí que dormías.
–Más o menos.
–¿Te fue bien?
–Sí, todo bien, pero se me hizo un poco tarde.
–Mm mmm
–Héctor, mañana hazme un favor.
–¿Qué?
–Saca tú el carro de la cochera. Voy a quedarme en la cama hasta un poco más tarde.
–Ya.
–Gracias. Buenas noches.

domingo, 3 de enero de 2010

Un poema de Mark Strand

Quiero compartir con ustedes un poema de Mark Strand (renombrado poeta norteamericano contemporáneo que me gusta mucho)que traduje hace como treinta años.

The Dress
By Mark Strand

Lie down on the bright hill
with the moon's hand on your cheek,
your flesh deep in the white folds of your dress,
and you will not hear the passionate mole
extending the length of his darkness,
or the owl arranging all of the night,
which is his wisdom, or the poem
filling your pillow with its blue feathers.
But if you step out of your dress and move into the shade,
the mole will find you, so will the owl, and so will the poem,
and you will fall into another darkness, one you will find
yourself making and remaking until it is perfect.

El vestido

Recuéstate sobre la colina luminosa
con la mano de la luna en tu mejilla,
tu carne aferrada a los pliegues blancos de tu vestido,
y no escucharás al topo apasionado
extendiendo el largo de su oscuridad,
ni al búho disponiendo de la totalidad de la noche
lo que es su sabiduría, o al poema
llenando tu almohada con sus plumas azules.
Pero si te desprendes del vestido y te adentras en la sombra,
el topo te encontrará, así como el búho , y el poema
y caerás en otra oscuridad, una que te vas a descubrir
haciendo y rehaciendo hasta que sea perfecta.

martes, 21 de julio de 2009

Un cuentito que escribí hace años

Angie

La rutina todas las mañanas era la misma. Luisa se levantaba temprano, bajaba a preparar el desayuno, la lonchera de su hijo, algo del almuerzo y cuando estaba ya todo bajo control, subía a despertar al niño y juntos tomaban desayuno, apurados, pensando cada día que hoy sí, definitivamente, llegarían atrasados.

Su marido ni se enteraba. Él trabajaba hasta tarde cada noche y podía darse el lujo de quedar ahí acurrucado y calentito hasta un rato después. Se despedían con un beso entre sueños y, corriendo casi, ella y el niño recorrían las dos cuadras hasta el garaje donde guardaban el auto.

Luisa dejaba a su hijo en el colegio, recogía en una esquina a dos compañeras de trabajo y luchando con el pesado tráfico de la mañana se apuraba para llegar a tiempo a la oficina.

Así cada mañana.

Pero ese día fue diferente. El niño había estado afiebrado la noche anterior y como había amanecido húmedo y frío, Luisa había decidido no despertarlo. Que se quedara. Total, por un día. Mejor que no se enfriara. Jorge había dicho que iba a trabajar en la casa, entonces podía cuidarlo.

A Natalia tampoco tenía que recogerla. El día anterior le había dicho que no la esperara, que iba a pasar la noche en casa de una amiga. Sólo Susana, pero Luisa decidió llamarla. Si no iba al colegio a dejar al niño, se desviaba demasiado y Susana podía irse con su hermano o su cuñado.

Qué rico, pensaba Luisa. Así tengo un poquito más de tiempo para tomar desayuno con calma. No tengo que preparar la lonchera y el camino de acá a la oficina serán quince minutos.

Una vez cumplidos los ritos, Luisa caminó a recoger su auto, calentó el motor, lo sacó del garaje y emprendió su camino.

Qué sensación de libertad estar sola. Prendió el radio. Angie. Los Rolling Stones. Puso el volumen al máximo. El tráfico estaba especialmente pesado esa mañana. Luisa pensaba en el trabajo pendiente, Todas esas cartas y Mick Jagger en su oído susurrando: Angie, Aaaaaaaangie.

Llegó a la esquina donde debía tomar la carretera Panamericana y dirigirse al norte, hacia su oficina. Hacia allá el tráfico estaba cargado. La salida al sur en cambio, fluida.

Luisa se animó a hacerse una broma, en honor a los Stones, ¿Y si tomaba la carretera sur? Total, por un día que faltara a la oficina... Pero ¿y a dónde iría? Bueno, a la playa, al sur, a ver el mar. ¿Por qué no? Eran esas cosas que a una se le ocurren y nunca se atreve a hacer.

El tráfico era lento pero ya estaba casi por llegar al puente. La decisión era ahora o nunca.

Luisa, segura de que no se atrevería, se despedía ya de su travesura, cuando el radio le toca, así seguidito no más, uno de sus boleros favoritos: Solo, rodando por el mundo...

No se reconocía. ¿A dónde estaba yendo? Una mujer previsible y responsable como ella ¿qué hacía camino a la playa a las ocho de la mañana de un martes de invierno?

Igual, como poseída de una fuerza desconocida, apurada primero como si alguien la persiguiera, muy tranquila y en paz después, Luisa fue planeando lo que haría esa mañana.

El tanque tenía suficiente gasolina y la billetera suficiente plata como para un almuerzo sabroso en Pucusana. Era el lugar definitivamente. Durante un rato se rió a carcajadas. Los que me ven deben creerme loca. Qué delicia. Se mandaba mudar, se largaba. Se imaginó a su jefe y más risa le daba. Después se puso a cantar. Ese programa del recuerdo estaba bueno. Tocaban las de toda la vida. Y ella sabía muchas letras y las que no, las tarareaba.

Ya estaba por San Bartolo cuando miró su reloj. Eran las 8:35. Estaba definitivamente ausente de su trabajo.

¿Se habrían dado cuenta de que no había llegado?

Pero no había que pensar en eso, sino más bien en cómo iba a engreírse y regalarse para pasar un excelente día. ¿Acaso se había hecho la vaca para estar pensando en el idiota de su jefe?

Por desgracia, él sí estaba pensando en ella. La buscaba por toda la oficina y les preguntaba a sus compañeros de trabajo si la habían visto. Tenía unas cartas urgentes, era raro, muy raro que ella faltara y más raro todavía, sin avisar...¿No le habrá pasado algo? Natalia, Susana, ¿ustedes no vienen con Luisa? Llamen a su casa por favor.

Jorge contestó entre sueños y al principio no entendía lo que le decían, que si Luisa estaba enferma, que por qué había faltado. ¿Habré soñado que se despidió de mí hace un buen rato?

- Diego, oye Diego, ¿está tu mamá? Señor Linares, usted debe haberse equivocado, Luisa no está enferma, salió hace rato para la oficina. ¿No ha llegado?

domingo, 8 de marzo de 2009

De vuelta al trabajo

Todos los plazos se cumplen y las esperadas vacaciones de verano, que al empezar parece que serán eternas, un día llegan también a su fin y nos toca volver a la rutina de despertar temprano, demasiado temprano (5.30 a.m) y retomar el ritmo y el afán del trabajo intenso.

A mí, la verdad, mi trabajo me encanta. Y felizmente que es así porque ya llevo cerca de 40 años trabajando como maestra. Empecé cuando estaba en los últimos años de secundaria, dando clases particulares. Seguí luego de profesora de inglés en un instituto de idiomas, hice una ayudantía en una universidad del extranjero mientras seguía cursos de posgrado, luego fui jefe de prácticas en mi universidad al tiempo en que me inicié como profesora en el mismo colegio en el que trabajo hasta ahora.

Este asunto de enseñar para mí se resume en lo siguiente: no subestimes la capacidad de tus alumnos. Para que los chicos aprendan tienes que encandilarlos, hacerlos pensar y fijarte y fijarles metas altas. Aprender con ellos, entusiasmarte con los temas que trabajan juntos y buscar maneras nuevas y creativas de desarrollar las actividades. Pienso que si quiero ganarme el respeto de mis alumnos tengo que partir por respetarlos. Les digo siempre la verdad ( lo que incluye confesarles a veces que no sé la respuesta a sus preguntas) y trato de no hacerles perder tiempo con cosas que no valgan la pena.

Ahora que soy abuela, disfruto muchísimo acompañando a mi nieta en su proceso de descubrimiento y aprendizaje, y nada puede darme más satisfacción que darme cuenta de cómo va relacionando una cosa con otra y como va armando sus saberes. Conmigo ha aprendido muchos cantos, dichos y juegos que vienen de tiempos muy antiguos y que siguen fascinando a los niños. Como a todo niño bien estimulado, le encantan las canciones, los libros y los cuentos y construye, en sus juegos, historias cada vez más sofisticadas. Sabe que a mí me encanta pasar tiempo con ella y estoy siempre lista para servirle el té a la muñeca Fefa, armar el rompecabezas de los cocineros o del elefante, buscar las parejas de animales del juego de memoria o recoger flores o ramitas del parque mientras escuchamos a los pajaritos cantar.

Volviendo al tema del trabajo, si bien las vacaciones son lo máximo, ¿qué sería de nosotros sin el trabajo? y no me estoy refiriendo a la obvia ventaja de que gracias a él obtenemos el dinero que necesitamos para mantenernos. El trabajo nos ordena, nos organiza, nos estimula, nos hace crecer, hace que nos relacionemos con otras personas, nos presenta retos, nos da satisfacciones. Eso sí, es fundamental que lo que sea que hagamos para ganarnos la vida sea algo que nos guste de verdad.

jueves, 5 de febrero de 2009

Vacaciones

No sé si a los demás les pasa lo mismo, pero esto de las vacaciones tiene sus bemoles. Primero las esperamos con ansias y vamos haciendo en la cabeza una larga lista de las miles de cosas que tenemos pendientes y que podremos hacer cuando dispongamos de toooodo ese tiempo libre: Arreglar la casa, ordenar papeles, hacer trámites, visitar familiares y amigos, salir de compras, ir al cine, pasear. En el mejor de los casos, viajar.

Lo últimos días previos a las ansiadas vacaciones son frenéticos. Tenemos horrores que hacer en el trabajo y queremos dejar todo listo para poder relajarnos tranquilos y disfrutar del ocio que se avecina. Llegamos tan cansados al esperado día en que somos finalmente libres, que nos toma tiempo rebobinar, calmarnos y ser capaces de descansar realmente. En mi caso las vacaciones son en época de fiestas de fin de año, así que hasta que no pasa el año nuevo no se puede disponer realmente de un tiempo de paz y tranquilidad.

Bueno, todos los plazos se cumplen y estamos finalmente instalados en ese tiempo mágico en el que al fin dormimos hasta tarde, hacemos lo que nos da la gana y tenemos la oportunidad de conectarnos con nosotros mismos sin presiones ni apuros.

Yo me he permitido este año unos días de ocio total. Lectura en pijama, siestas a cualquier hora, harta televisión, energía cero. Digo que me los he permitido, pero no totalmente, porque los he vivido con culpa. ¿Qué haces que no te ocupas de algo productivo? ¿Y los trámites pendientes? ¿Y los papeles que ibas a ordenar? No has pintado la casa, no lavaste las cortinas, no te has preocupado lo suficiente por renovar tu guardarropa de trabajo ni por mejorar tu apariencia personal. Lo que es peor, no escribiste los cuentos que te habías propuesto ni asististe al curso de budismo que desde hace años planeas llevar.

Pero lo que quiero combatir en verdad es la culpa esa. Que no me moleste. Todo el año haciendo exactamente lo correcto me da derecho a unas vacaciones de relajo total.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

¿Feliz año nuevo?

Es curioso como nos pasamos la vida deseándonos cosas buenas los unos a los otros. Al despertarnos: buenos días, si alguien estornuda: salud, cuando empieza un nuevo año: que seas feliz. No está en nuestro poder, obviamente, garantizarle a nadie que su día será bueno, que no se enfermará, que el año que recibe con entusiasmo le deparará felicidad, pero cumplimos con verbalizar nuestra educada esperanza de que así sea.

El 2009 se vislumbra en realidad como un año complicado. Probablemente la crisis financiera seguirá golpeando, el conflicto entre Palestina e Israel no se solucionará, seguirán muriendo miles de niños en Africa, el calentamiento global nos afectará a todos. De la política interna mejor ni hablar. Para las cosas importantes estamos en manos de unos pocos que fácilmente pueden llevar a millones a la debacle.

Eso sí, para el día a día, y desde nuestra cancha de ciudadanos comunes y corrientes, hay cosas que todos podemos hacer y que pueden significar algo más que los buenos deseos y las fórmulas corteses: Mantengamos el buen humor, la paciencia, la tolerancia, el buen trato entre vecinos. Olvidemos el claxon, los insultos en la calle, las actitudes agresivas por las puras. ¿Qué nos cuesta recoger un papel si lo vemos botado en la calle?