Es curioso como nos pasamos la vida deseándonos cosas buenas los unos a los otros. Al despertarnos: buenos días, si alguien estornuda: salud, cuando empieza un nuevo año: que seas feliz. No está en nuestro poder, obviamente, garantizarle a nadie que su día será bueno, que no se enfermará, que el año que recibe con entusiasmo le deparará felicidad, pero cumplimos con verbalizar nuestra educada esperanza de que así sea.
El 2009 se vislumbra en realidad como un año complicado. Probablemente la crisis financiera seguirá golpeando, el conflicto entre Palestina e Israel no se solucionará, seguirán muriendo miles de niños en Africa, el calentamiento global nos afectará a todos. De la política interna mejor ni hablar. Para las cosas importantes estamos en manos de unos pocos que fácilmente pueden llevar a millones a la debacle.
Eso sí, para el día a día, y desde nuestra cancha de ciudadanos comunes y corrientes, hay cosas que todos podemos hacer y que pueden significar algo más que los buenos deseos y las fórmulas corteses: Mantengamos el buen humor, la paciencia, la tolerancia, el buen trato entre vecinos. Olvidemos el claxon, los insultos en la calle, las actitudes agresivas por las puras. ¿Qué nos cuesta recoger un papel si lo vemos botado en la calle?
miércoles, 31 de diciembre de 2008
domingo, 21 de diciembre de 2008
Lo que me gusta y lo que no me gusta de la Navidad
Como es evidente por el título, tengo sentimientos ambivalentes con respecto a la Navidad.
Detesto el alboroto, el tráfico, el consumismo compulsivo, los regalos por compromiso, las lucecitas y los adornos que han inundado la ciudad, en una extraña competencia por ver quien pone más papanoeles, renos, arbolitos, nacimientos y hombres de nieve. La gente agitada, nerviosa, estresada y gastando más de lo que tiene.
Me encantan las reuniones familiares y de amigos, la comida, el panetón, el insípido pavo, las frutas secas, las tradiciones que mantenemos religiosamente cada año. Me gusta la cara de los más chiquitos cuando abren sus regalos. Me ilusiona pensar en Paulina y en lo que vamos a divertirnos cuando incorporemos a nuestros juegos de los miércoles por la tarde la ropita nueva de su muñeca Fefa, los mueblecitos de cocina donde prepararemos el té y los bloques del nuevo rompecabezas.
Detesto el alboroto, el tráfico, el consumismo compulsivo, los regalos por compromiso, las lucecitas y los adornos que han inundado la ciudad, en una extraña competencia por ver quien pone más papanoeles, renos, arbolitos, nacimientos y hombres de nieve. La gente agitada, nerviosa, estresada y gastando más de lo que tiene.
Me encantan las reuniones familiares y de amigos, la comida, el panetón, el insípido pavo, las frutas secas, las tradiciones que mantenemos religiosamente cada año. Me gusta la cara de los más chiquitos cuando abren sus regalos. Me ilusiona pensar en Paulina y en lo que vamos a divertirnos cuando incorporemos a nuestros juegos de los miércoles por la tarde la ropita nueva de su muñeca Fefa, los mueblecitos de cocina donde prepararemos el té y los bloques del nuevo rompecabezas.
martes, 28 de octubre de 2008
Crisis financiera
Esta crisis financiera en la que ya voy perdiendo más del 40% de mis ahorros y de mi fondo de jubilación me lleva a la siguiente reflexión: ¿No es acaso una gran oportunidad para que nos detengamos por un momento a pensar y pongamos nuestra cabeza en orden? Vamos por partes. Yo tenía mi platita en una cuenta de ahorros que ganaba un mísero interés y mi fondo de pensiones en el fondo 1, que es el más conservador y seguro. De pronto me enteré de que con los fondos mutuos y jugando en la bolsa, la gente estaba doblando su capital. Plata fácil, pensé. Vamos a por ella. Soy astuta y haré una movida maestra. Bastó que procediera y cambiara mis cuentas para que todo comenzara a irse al diablo y empezara la debacle en la que estamos ahora. No me importó que alguien me advirtiera que las ganancias exageradas venían de la venta de minerales ( y lo que eso significa para el medio ambiente y los sufridos mineros). Tampoco me interesó que la especulación no tuviera un auténtico respaldo en lo que ahora oigo llamar la "economía real". Siendo habitualmente cauta y conservadora jugué a la liberal osada y ahora lo estoy pagando. ¿Para esto me esforcé por años? Dejé de comprarme cosas que me gustaban, no hice los viajes que soñé, les dije mil veces no a mis hijos cuando me pedían algo. ¿Dónde está ahora esa plata que mi AFP sigue descontando implacablemente cada mes? Si lo veo así me rebelo, claro. Me desespero también, me jalo los pelos, evado los puentes por no sufrir la tentación de lanzarme de uno de ellos. Pero hay otra manera de verlo: la vida es corta, no vale la pena ser tan previsor ni tan responsable, lo que hoy nos parece sólido como una roca mañana puede escurrirse entre las manos o volar por los aires. La verdadera riqueza no es la plata, que se esfuma como el humo. La ilusión del progreso, del crecimiento, de la riqueza no es nada si no está sustentada en la realidad tangible. Y las crisis, son definitivamente oportunidades. La oportunidad de dejar la vanidad, la tontería, la superficialidad. A fijarnos y ocuparnos de cosas que de verdad valgan la pena.
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