Angie
La rutina todas las mañanas era la misma. Luisa se levantaba temprano, bajaba a preparar el desayuno, la lonchera de su hijo, algo del almuerzo y cuando estaba ya todo bajo control, subía a despertar al niño y juntos tomaban desayuno, apurados, pensando cada día que hoy sí, definitivamente, llegarían atrasados.
Su marido ni se enteraba. Él trabajaba hasta tarde cada noche y podía darse el lujo de quedar ahí acurrucado y calentito hasta un rato después. Se despedían con un beso entre sueños y, corriendo casi, ella y el niño recorrían las dos cuadras hasta el garaje donde guardaban el auto.
Luisa dejaba a su hijo en el colegio, recogía en una esquina a dos compañeras de trabajo y luchando con el pesado tráfico de la mañana se apuraba para llegar a tiempo a la oficina.
Así cada mañana.
Pero ese día fue diferente. El niño había estado afiebrado la noche anterior y como había amanecido húmedo y frío, Luisa había decidido no despertarlo. Que se quedara. Total, por un día. Mejor que no se enfriara. Jorge había dicho que iba a trabajar en la casa, entonces podía cuidarlo.
A Natalia tampoco tenía que recogerla. El día anterior le había dicho que no la esperara, que iba a pasar la noche en casa de una amiga. Sólo Susana, pero Luisa decidió llamarla. Si no iba al colegio a dejar al niño, se desviaba demasiado y Susana podía irse con su hermano o su cuñado.
Qué rico, pensaba Luisa. Así tengo un poquito más de tiempo para tomar desayuno con calma. No tengo que preparar la lonchera y el camino de acá a la oficina serán quince minutos.
Una vez cumplidos los ritos, Luisa caminó a recoger su auto, calentó el motor, lo sacó del garaje y emprendió su camino.
Qué sensación de libertad estar sola. Prendió el radio. Angie. Los Rolling Stones. Puso el volumen al máximo. El tráfico estaba especialmente pesado esa mañana. Luisa pensaba en el trabajo pendiente, Todas esas cartas y Mick Jagger en su oído susurrando: Angie, Aaaaaaaangie.
Llegó a la esquina donde debía tomar la carretera Panamericana y dirigirse al norte, hacia su oficina. Hacia allá el tráfico estaba cargado. La salida al sur en cambio, fluida.
Luisa se animó a hacerse una broma, en honor a los Stones, ¿Y si tomaba la carretera sur? Total, por un día que faltara a la oficina... Pero ¿y a dónde iría? Bueno, a la playa, al sur, a ver el mar. ¿Por qué no? Eran esas cosas que a una se le ocurren y nunca se atreve a hacer.
El tráfico era lento pero ya estaba casi por llegar al puente. La decisión era ahora o nunca.
Luisa, segura de que no se atrevería, se despedía ya de su travesura, cuando el radio le toca, así seguidito no más, uno de sus boleros favoritos: Solo, rodando por el mundo...
No se reconocía. ¿A dónde estaba yendo? Una mujer previsible y responsable como ella ¿qué hacía camino a la playa a las ocho de la mañana de un martes de invierno?
Igual, como poseída de una fuerza desconocida, apurada primero como si alguien la persiguiera, muy tranquila y en paz después, Luisa fue planeando lo que haría esa mañana.
El tanque tenía suficiente gasolina y la billetera suficiente plata como para un almuerzo sabroso en Pucusana. Era el lugar definitivamente. Durante un rato se rió a carcajadas. Los que me ven deben creerme loca. Qué delicia. Se mandaba mudar, se largaba. Se imaginó a su jefe y más risa le daba. Después se puso a cantar. Ese programa del recuerdo estaba bueno. Tocaban las de toda la vida. Y ella sabía muchas letras y las que no, las tarareaba.
Ya estaba por San Bartolo cuando miró su reloj. Eran las 8:35. Estaba definitivamente ausente de su trabajo.
¿Se habrían dado cuenta de que no había llegado?
Pero no había que pensar en eso, sino más bien en cómo iba a engreírse y regalarse para pasar un excelente día. ¿Acaso se había hecho la vaca para estar pensando en el idiota de su jefe?
Por desgracia, él sí estaba pensando en ella. La buscaba por toda la oficina y les preguntaba a sus compañeros de trabajo si la habían visto. Tenía unas cartas urgentes, era raro, muy raro que ella faltara y más raro todavía, sin avisar...¿No le habrá pasado algo? Natalia, Susana, ¿ustedes no vienen con Luisa? Llamen a su casa por favor.
Jorge contestó entre sueños y al principio no entendía lo que le decían, que si Luisa estaba enferma, que por qué había faltado. ¿Habré soñado que se despidió de mí hace un buen rato?
- Diego, oye Diego, ¿está tu mamá? Señor Linares, usted debe haberse equivocado, Luisa no está enferma, salió hace rato para la oficina. ¿No ha llegado?
martes, 21 de julio de 2009
domingo, 8 de marzo de 2009
De vuelta al trabajo
Todos los plazos se cumplen y las esperadas vacaciones de verano, que al empezar parece que serán eternas, un día llegan también a su fin y nos toca volver a la rutina de despertar temprano, demasiado temprano (5.30 a.m) y retomar el ritmo y el afán del trabajo intenso.
A mí, la verdad, mi trabajo me encanta. Y felizmente que es así porque ya llevo cerca de 40 años trabajando como maestra. Empecé cuando estaba en los últimos años de secundaria, dando clases particulares. Seguí luego de profesora de inglés en un instituto de idiomas, hice una ayudantía en una universidad del extranjero mientras seguía cursos de posgrado, luego fui jefe de prácticas en mi universidad al tiempo en que me inicié como profesora en el mismo colegio en el que trabajo hasta ahora.
Este asunto de enseñar para mí se resume en lo siguiente: no subestimes la capacidad de tus alumnos. Para que los chicos aprendan tienes que encandilarlos, hacerlos pensar y fijarte y fijarles metas altas. Aprender con ellos, entusiasmarte con los temas que trabajan juntos y buscar maneras nuevas y creativas de desarrollar las actividades. Pienso que si quiero ganarme el respeto de mis alumnos tengo que partir por respetarlos. Les digo siempre la verdad ( lo que incluye confesarles a veces que no sé la respuesta a sus preguntas) y trato de no hacerles perder tiempo con cosas que no valgan la pena.
Ahora que soy abuela, disfruto muchísimo acompañando a mi nieta en su proceso de descubrimiento y aprendizaje, y nada puede darme más satisfacción que darme cuenta de cómo va relacionando una cosa con otra y como va armando sus saberes. Conmigo ha aprendido muchos cantos, dichos y juegos que vienen de tiempos muy antiguos y que siguen fascinando a los niños. Como a todo niño bien estimulado, le encantan las canciones, los libros y los cuentos y construye, en sus juegos, historias cada vez más sofisticadas. Sabe que a mí me encanta pasar tiempo con ella y estoy siempre lista para servirle el té a la muñeca Fefa, armar el rompecabezas de los cocineros o del elefante, buscar las parejas de animales del juego de memoria o recoger flores o ramitas del parque mientras escuchamos a los pajaritos cantar.
Volviendo al tema del trabajo, si bien las vacaciones son lo máximo, ¿qué sería de nosotros sin el trabajo? y no me estoy refiriendo a la obvia ventaja de que gracias a él obtenemos el dinero que necesitamos para mantenernos. El trabajo nos ordena, nos organiza, nos estimula, nos hace crecer, hace que nos relacionemos con otras personas, nos presenta retos, nos da satisfacciones. Eso sí, es fundamental que lo que sea que hagamos para ganarnos la vida sea algo que nos guste de verdad.
A mí, la verdad, mi trabajo me encanta. Y felizmente que es así porque ya llevo cerca de 40 años trabajando como maestra. Empecé cuando estaba en los últimos años de secundaria, dando clases particulares. Seguí luego de profesora de inglés en un instituto de idiomas, hice una ayudantía en una universidad del extranjero mientras seguía cursos de posgrado, luego fui jefe de prácticas en mi universidad al tiempo en que me inicié como profesora en el mismo colegio en el que trabajo hasta ahora.
Este asunto de enseñar para mí se resume en lo siguiente: no subestimes la capacidad de tus alumnos. Para que los chicos aprendan tienes que encandilarlos, hacerlos pensar y fijarte y fijarles metas altas. Aprender con ellos, entusiasmarte con los temas que trabajan juntos y buscar maneras nuevas y creativas de desarrollar las actividades. Pienso que si quiero ganarme el respeto de mis alumnos tengo que partir por respetarlos. Les digo siempre la verdad ( lo que incluye confesarles a veces que no sé la respuesta a sus preguntas) y trato de no hacerles perder tiempo con cosas que no valgan la pena.
Ahora que soy abuela, disfruto muchísimo acompañando a mi nieta en su proceso de descubrimiento y aprendizaje, y nada puede darme más satisfacción que darme cuenta de cómo va relacionando una cosa con otra y como va armando sus saberes. Conmigo ha aprendido muchos cantos, dichos y juegos que vienen de tiempos muy antiguos y que siguen fascinando a los niños. Como a todo niño bien estimulado, le encantan las canciones, los libros y los cuentos y construye, en sus juegos, historias cada vez más sofisticadas. Sabe que a mí me encanta pasar tiempo con ella y estoy siempre lista para servirle el té a la muñeca Fefa, armar el rompecabezas de los cocineros o del elefante, buscar las parejas de animales del juego de memoria o recoger flores o ramitas del parque mientras escuchamos a los pajaritos cantar.
Volviendo al tema del trabajo, si bien las vacaciones son lo máximo, ¿qué sería de nosotros sin el trabajo? y no me estoy refiriendo a la obvia ventaja de que gracias a él obtenemos el dinero que necesitamos para mantenernos. El trabajo nos ordena, nos organiza, nos estimula, nos hace crecer, hace que nos relacionemos con otras personas, nos presenta retos, nos da satisfacciones. Eso sí, es fundamental que lo que sea que hagamos para ganarnos la vida sea algo que nos guste de verdad.
jueves, 5 de febrero de 2009
Vacaciones
No sé si a los demás les pasa lo mismo, pero esto de las vacaciones tiene sus bemoles. Primero las esperamos con ansias y vamos haciendo en la cabeza una larga lista de las miles de cosas que tenemos pendientes y que podremos hacer cuando dispongamos de toooodo ese tiempo libre: Arreglar la casa, ordenar papeles, hacer trámites, visitar familiares y amigos, salir de compras, ir al cine, pasear. En el mejor de los casos, viajar.
Lo últimos días previos a las ansiadas vacaciones son frenéticos. Tenemos horrores que hacer en el trabajo y queremos dejar todo listo para poder relajarnos tranquilos y disfrutar del ocio que se avecina. Llegamos tan cansados al esperado día en que somos finalmente libres, que nos toma tiempo rebobinar, calmarnos y ser capaces de descansar realmente. En mi caso las vacaciones son en época de fiestas de fin de año, así que hasta que no pasa el año nuevo no se puede disponer realmente de un tiempo de paz y tranquilidad.
Bueno, todos los plazos se cumplen y estamos finalmente instalados en ese tiempo mágico en el que al fin dormimos hasta tarde, hacemos lo que nos da la gana y tenemos la oportunidad de conectarnos con nosotros mismos sin presiones ni apuros.
Yo me he permitido este año unos días de ocio total. Lectura en pijama, siestas a cualquier hora, harta televisión, energía cero. Digo que me los he permitido, pero no totalmente, porque los he vivido con culpa. ¿Qué haces que no te ocupas de algo productivo? ¿Y los trámites pendientes? ¿Y los papeles que ibas a ordenar? No has pintado la casa, no lavaste las cortinas, no te has preocupado lo suficiente por renovar tu guardarropa de trabajo ni por mejorar tu apariencia personal. Lo que es peor, no escribiste los cuentos que te habías propuesto ni asististe al curso de budismo que desde hace años planeas llevar.
Pero lo que quiero combatir en verdad es la culpa esa. Que no me moleste. Todo el año haciendo exactamente lo correcto me da derecho a unas vacaciones de relajo total.
Lo últimos días previos a las ansiadas vacaciones son frenéticos. Tenemos horrores que hacer en el trabajo y queremos dejar todo listo para poder relajarnos tranquilos y disfrutar del ocio que se avecina. Llegamos tan cansados al esperado día en que somos finalmente libres, que nos toma tiempo rebobinar, calmarnos y ser capaces de descansar realmente. En mi caso las vacaciones son en época de fiestas de fin de año, así que hasta que no pasa el año nuevo no se puede disponer realmente de un tiempo de paz y tranquilidad.
Bueno, todos los plazos se cumplen y estamos finalmente instalados en ese tiempo mágico en el que al fin dormimos hasta tarde, hacemos lo que nos da la gana y tenemos la oportunidad de conectarnos con nosotros mismos sin presiones ni apuros.
Yo me he permitido este año unos días de ocio total. Lectura en pijama, siestas a cualquier hora, harta televisión, energía cero. Digo que me los he permitido, pero no totalmente, porque los he vivido con culpa. ¿Qué haces que no te ocupas de algo productivo? ¿Y los trámites pendientes? ¿Y los papeles que ibas a ordenar? No has pintado la casa, no lavaste las cortinas, no te has preocupado lo suficiente por renovar tu guardarropa de trabajo ni por mejorar tu apariencia personal. Lo que es peor, no escribiste los cuentos que te habías propuesto ni asististe al curso de budismo que desde hace años planeas llevar.
Pero lo que quiero combatir en verdad es la culpa esa. Que no me moleste. Todo el año haciendo exactamente lo correcto me da derecho a unas vacaciones de relajo total.
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