jueves, 5 de febrero de 2009

Vacaciones

No sé si a los demás les pasa lo mismo, pero esto de las vacaciones tiene sus bemoles. Primero las esperamos con ansias y vamos haciendo en la cabeza una larga lista de las miles de cosas que tenemos pendientes y que podremos hacer cuando dispongamos de toooodo ese tiempo libre: Arreglar la casa, ordenar papeles, hacer trámites, visitar familiares y amigos, salir de compras, ir al cine, pasear. En el mejor de los casos, viajar.

Lo últimos días previos a las ansiadas vacaciones son frenéticos. Tenemos horrores que hacer en el trabajo y queremos dejar todo listo para poder relajarnos tranquilos y disfrutar del ocio que se avecina. Llegamos tan cansados al esperado día en que somos finalmente libres, que nos toma tiempo rebobinar, calmarnos y ser capaces de descansar realmente. En mi caso las vacaciones son en época de fiestas de fin de año, así que hasta que no pasa el año nuevo no se puede disponer realmente de un tiempo de paz y tranquilidad.

Bueno, todos los plazos se cumplen y estamos finalmente instalados en ese tiempo mágico en el que al fin dormimos hasta tarde, hacemos lo que nos da la gana y tenemos la oportunidad de conectarnos con nosotros mismos sin presiones ni apuros.

Yo me he permitido este año unos días de ocio total. Lectura en pijama, siestas a cualquier hora, harta televisión, energía cero. Digo que me los he permitido, pero no totalmente, porque los he vivido con culpa. ¿Qué haces que no te ocupas de algo productivo? ¿Y los trámites pendientes? ¿Y los papeles que ibas a ordenar? No has pintado la casa, no lavaste las cortinas, no te has preocupado lo suficiente por renovar tu guardarropa de trabajo ni por mejorar tu apariencia personal. Lo que es peor, no escribiste los cuentos que te habías propuesto ni asististe al curso de budismo que desde hace años planeas llevar.

Pero lo que quiero combatir en verdad es la culpa esa. Que no me moleste. Todo el año haciendo exactamente lo correcto me da derecho a unas vacaciones de relajo total.