Todas las noches, Sonia trepaba su perro al auto para que la acompañara a dejarlo en la cochera. Lo llevaba porque al perro le encantaba viajar en auto, sacando la cabeza por la ventana y también porque aunque era un perro chiquito ella sentía que la protegía en las tres cuadras que había de la cochera a su casa y principalmente en el parque, tan oscuro y amenazante de noche.
Al llegar a la cochera era un toque de claxon y al momento aparecía ese señor ya mayor tan circunspecto, que vestido de terno y saludando con respeto se encargaba de la puerta y de señalar los espacios libres en el garaje.
–Buenas noches señor, gracias.
–Buenas noches señora, hasta mañana.
La misma rutina noche a noche.
Aquel jueves fue diferente.
Era más tarde que de costumbre. Sonia venía del “Juanito”. Había estado allí con unas amigas, dos chilcanos de pisco, animada conversación de mujeres. Sonia se habría quedado, pero pensaba en la cruzada del parque y eso la intranquilizaba. Unas noches atrás había habido un pequeño incidente. Ella estaba con el perro, pero éste se había rezagado, olfateando en una pared del camino el rastro de algún congénere.
Sonia caminaba pegada a la pared y había visto que venía un grupo de hombres.
–Ahora qué hago –se preguntó. Pero luego pensó que eran tantos que no se atreverían a meterse con ella.
Siguió caminando con la misma resolución y su propia seguridad la sorprendía. De todas formas pasó uno, pasó el segundo y ya el siguiente se animó a acorralarla contra la pared y le metió la cara acercándola a su mejilla.
–¿Qué te pasa malcriado?
Siguió sorprendiéndole su propia compostura.
–Sí oye, no seas malcriado –dijo un hombre mayor que venía al final del grupo– por favor disculpe señora, disculpe ¿ah?
Eso había sido todo. Siguió andando. Atrás el perro (que no se había enterado de nada). Sonia siguió su camino, después de todo, nada había pasado. El perro empató con ella...
–Si te traigo es para que me cuides, tonto ¿dónde te quedaste?
Aunque el suceso no había sido demasiado significativo al momento de ocurrir, trajo secuela. Sonia se cuidaba más ahora y ya eran las once pasadas, mejor irse a la casa. Se despidió de sus amigas poniéndose de acuerdo para una próxima reunión. Carla dijo que la llamaría para conversar sobre el contenido del siguiente número de la revista. Quería que de todas maneras Sonia participara.
–Sí, avísame, me gustaría mucho. Chao.
Llegó a la cochera y tocó como de costumbre el claxon. Nadie abría. Pensó que era raro. El caballero estaba siempre atento y no recordaba que alguna vez se hubiera demorado. Tocó nuevamente. Nada. Pasaban los minutos y todavía tenía que cruzar el parque... Decidió bajarse del auto y tocar el timbre. Volvió al auto, cerró la puerta, se le vino un bostezo.
En ese momento se abrió el portón. No era el viejo.
–¿Hace rato que tocabas?
–Sí hace rato. ¿Usted no escuchaba?
–Yo prefiero que toques el timbre. Los bocinazos de la calle me confunden y además, como estoy escuchando música. El timbre mejor.
–Ah, está bien. El señor nunca me dijo eso.
–El señor no va a estar.
–Ah, bueno. Disculpe. Ya mañana tocaré el timbre.
–No hay problema. ¿Cómo te llamas?
La pregunta desconcertó a Sonia. ¿Por qué tanta familiaridad? ¿Qué confianzas se daba este tipo? Pero igual, no perdía nada:
–Sonia. Sonia Urquiza.
–Por si acaso yo soy Carlos.
–Bueno, gracias.
–De nada, chao.
Sonia salió preguntándose qué habría sido del señor de terno que no se quitaba la corbata nunca. Sólo en las mañanas, cuando iba por el carro muy temprano, lo encontraba con una gruesa casaca puesta sobre el inevitable terno. Era un viejo alto, flaco, perfectamente correcto. A Sonia siempre le había parecido raro que un señor así trabajara de guardián en una cochera. ¿Y este muchachito atrevido? Con el pelo revuelto y esos ojos negros que miraban con descaro. Qué desfachatez para hablar. Atorrante, claro, pero indudablemente atractivo. ¿Sería el nuevo guardián?
Sonia vio que en la esquina de la entrada del parque había un auto estacionado con tres tipos adentro. No tenían aspecto demasiado santo y ella se paró en seco dudando por un instante si seguir y hacerse la desentendida o volver sobre sus pasos y cambiar de camino. Ya era tarde, dar toda la vuelta para meterse por la otra entrada del parque tal vez sería un riesgo mayor. Ahora, lo más seguro, regresar al garaje. Ahí estaba el carro. Lo sacaría y se iría en él hasta la casa. Que se quedara afuera, total, por una noche...
Esta vez tocó el timbre y Carlos volvió a demorarse. Insistió. Estaba asustada.
–¿Qué pasó? –preguntó él.
–No me animo a irme andando a mi casa. Hay unos hombres en un carro, me dan miedo.
–Pasa, pasa.
–Voy a sacar el carro, disculpa la molestia.
–Pero ¿qué hombres? ¿dónde? ¿y dónde es tu casa?
–Allá, al otro lado, cruzando el parque. Los tipos están en la entrada de aquí a la vuelta.
–Si quieres espérate un rato y yo después te acompaño. Sólo falta que llegue un auto más y ya son casi las doce.
–¿De verdad?
–Claro, si no tu carro se queda afuera y ahí sí que puede pasar algo. Pasa un ratito. Si quieres entra al cuarto. Hace frío aquí afuera.
Sonia se dejó llevar. Mal que bien, dos chilcanos son dos chilcanos. Se sentía ligera y audaz. Del cuarto salía la estridencia de un heavy rock. Pero de verdad que hacía frío y adentro estaba calentito y era acogedor. Había una cama con una manta, junto a ella un estante lleno de revistas, libros y cassettes, a un lado una mesa y una silla, sobre la mesa una tocacassette, un vaso, una botella de pisco y otra de coca-cola.
–Tú recién trabajas desde hoy aquí ¿no?
–Sí, pero este garaje es de mi familia y este es desde hace tiempo mi cuarto. Aquí estudio y desde hoy voy a quedarme a dormir para cuidar los autos.
–¿Y el señor?
–Ya no vuelve. Mi papá me ha dado a mí la chamba. Yo estudio y así voy a sacar algo de plata. Además, a mí me gusta estar solo. Prefiero estar aquí que en mi casa. Allá duermo con dos hermanos. Aquí nadie me fastidia. ¿Te das cuenta?
–¿Y vas a dejar los carros solos para acompañarme?
–Eso es un ratito. No pasa nada. No te preocupes. ¿Un pisquito?
–No creo... aunque, ya pues. Gracias. Hace frío en verdad.
–¿Y de dónde venías a esta hora?
–De Barranco, estuve en un bar con unas amigas.
–¿Un bar?
–Sí, el “Juanito” ¿conoces?
–No.
–Oye, la cochera sólo abre hasta las doce ¿no?
–Sí.
–¿Qué hora es ya?
–Son las doce y diez.
–¿Vas a esperar todavía?
–Un rato porque el que falta es mi amigo y ya quedé con él.
–Pero de repente viene muy tarde y luego ya es el toque de queda.
–Ahorita viene. Ya no tarda.
–Mejor me voy no más. Voy a sacar el auto.
–Pero si falta un montón para el toque de queda y estamos cerca, espera un rato todavía. No te va a pasar nada. Vas a llegar a tu casa sana y salva. ¿Qué crees?
–No, mira, vamos a dejarlo hasta ahí no más. Me voy.
–Yo no voy a hacerte nada. Ni se me había ocurrido. Ya estás mayorcita para mí. A lo mejor tú eres la que quiere conmigo. Seguro que te inventaste lo del carro y los mafiosos.
Sonia sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Se lo tenía bien merecido. ¿Quién la mandaba volver a la casa tan tarde de noche? ¿Por qué había vuelto al garaje? ¿Qué tenía ella que aceptarle un trago a un desconocido? ¿Por qué se exponía así a que un mocoso le faltara el respeto diciéndole cosas tan horribles?
Lo peor era que se desconocía. Difícilmente se ponía ella en situación yan equívoca y que la dejaba desarmada. Al contrario. Si algo la caracterizaba era la distancia que ponía entre ella y cualquier persona. Así fueran conocidos y con mayor razón desconocidos. Pero estaba bien. Siempre había que aprender y ahora tampoco era cosa de hacer tamaño papelón.
Aguantó la respiración, contuvo las lágrimas que todavía no caían, se secó rápida y disimuladamente una que ya resbalaba por su cara y salió del cuarto.
–Ábreme por favor el portón, voy a sacar mi carro.
En ese momento sintió como si un pesado costal de papas le hubiera caído sobre la espalda. Fue un instante de sorpresa y confusión. El chico la estaba abrazando, comenzaba a darle besos en el cuello, la apretaba cada vez más fuerte. Se quedó paralizada. No entendía nada. ¿Es que era una violación? Cuando iba a empezar a gritar, él la soltó.
–Disculpa, discúlpame por favor. No vayas a pensar que soy una bestia. Nunca había hecho una cosa así. No sé qué me pasó. No he debido decirte nada. No he debido tocarte. No pude aguantarme. Es que me gustas mucho. Te vi bostezando cuando te abría la puerta y me gustaste. Mira que no te conozco. Pero me gustaste. Ya no va a venir ningún carro más. Era mentira, vamos, te acompaño. Es una cosa muy rara lo que me ha pasado. Quería estar contigo.
Sonia no entendía nada, pero lo más inquietante era que no estaba furiosa. Por el contrario, todavía sentía en su cuerpo los brazos apretándola, los labios besándola con desesperación y la sensación era placentera. Ese chico le gustaba. Nunca le había pasado algo así. Se quedó muda un rato mirándolo, hasta que oyó lo que él decía.
–Quédate conmigo.
–No, ya me voy.
–Anda, quédate.
–No. No voy a quedarme. Ya es casi la una. No creo que esos sigan ahí.
Avanzó con resolución hacia la puerta, la abrió, salió. Carlos se había quedado parado, mirándola. Ya no dijo nada más. Una vez afuera, ella se echó a correr y no paró hasta su casa. Jadeaba. Como siempre, demoró todavía un rato abriendo el cantol, una cerradura, la otra. Subió en puntillas apagando las luces su paso. Entró al dormitorio de sus hijos, los besó y los arropó. Luego al baño. De ahí a su cuarto.
–Hola gorda –gruñó Héctor con los ojos cerrados.
–Hola, creí que dormías.
–Más o menos.
–¿Te fue bien?
–Sí, todo bien, pero se me hizo un poco tarde.
–Mm mmm
–Héctor, mañana hazme un favor.
–¿Qué?
–Saca tú el carro de la cochera. Voy a quedarme en la cama hasta un poco más tarde.
–Ya.
–Gracias. Buenas noches.
sábado, 19 de junio de 2010
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