Este es un texto que escribí hace un tiempo, cuando leí el libro de poemas de Jaime Bayly.
Aquí no hay poesía, pero se parece bastante
Sé que contraviniendo la opinión de especialistas mucho más entendidos que yo, y amparada en mi categoría de simple lectora , quiero declarar la publicación del libro de no poesía de Jaime Bayly como el acontecimiento literario peruano de la pasada Navidad y felicitarlo por su hazaña de haber llevado la poesía a la familia peruana, que a la franca, franca, pocas veces lee, y mucho menos poesía.
Sólo por el número de libros vendidos (que ojalá se acerque a la cifra que Bayly , necesita para poder comprar la casa de sus sueños), ya estamos ante un suceso nunca antes visto en la historia de la poesía peruana. Los envidiosos podrán decir que es un asunto de mercadeo, que la gente es novelera, que el niño terrible tiene su jale sólo por las idioteces que se atreve a hacer en televisión, aparte de que el libro se vende a precio huevo. Que digan lo que quieran los detractores, total, vivimos en democracia. Lo objetivo es que el libro ha salido como pan caliente y estoy segura de que la gente lo ha leído.
A mí , por ejemplo, me encanta. Empecé a leerlo con curiosidad por supuesto, pero también con desconfianza y felizmente que lo agarré cuando ya estaba en la cama disponiéndome a dormir, porque no pude dejarlo y me lo leí de un solo tirón. (Claro que esa noche dormí mucho menos que las recomendadas nueve horas y por supuesto que estuve irritable e intratable al día siguiente, Bayly me entiende). Sin embargo, no me pesa. El libro me hizo reír, me hizo llorar, me pareció por partes un adefesio, en otras partes genial. En el par de horas que me tomó completarlo pasé por los más diversos estados de ánimo y experimenté esa sensación que sólo he tenido antes leyendo a mis autores favoritos. Cuando el libro que tienes ante ti te produce esa fascinación de la que no te puedes ni te quieres evadir y te da pena cuando notas que ya faltan pocas páginas y que ese encanto, esa complicidad, esa hermandad de almas gemelas (perdón por la huachafería) pronto se romperá, creo que es porque ha dado en el clavo, ha conseguido seducir al lector, obligarlo a sumergirse en el mundo que el autor ha creado y la magia está ahí.
Yo escucho a algunos descalificar a Bayly. He leído también algunas críticas. (Mezquina la crítica, eso sí, creo que algunos prefirieron hacer de cuenta como si el libro no existiera; no se atrevieron a ocuparse de él ni para bien ni para mal.) Tal vez desde el punto de vista de la academia el libro adolezca de fallas formales, le falten figuras literarias, sea poco profundo, no toque las verdades esenciales de una poesía que se respete (esa poesía que, seamos francos,. muy pocos leen y muchos menos comprenden) . Yo no lo descalifico. Al contrario. Declaro aquí mi admiración por un escritor que es capaz de ser tan valiente,auténtico y fiel a sí mismo. Importándole, como de hecho asumo que le importa porque no me parece que sea un cínico cuando escribe, el efecto que su escritura tendrá en las personas que él ama, se atreve a contarnos cosas que pocas personas estarían dispuestas a compartir con extraños y que pertenecen a la esfera de su intimidad. No me suena a exhibicionismo. Más bien es como una terapia de autoconocimiento y aceptación de la persona que uno es. Terminar de asumirse y poder perdonarse. Todo eso con una gracia encantadora.
Decía que me había reído leyendo este libro. Y es la primera vez que me pasa con la poesía. Creo que es algo notable. Recuerdo solo una ocasión anterior en la que un poema de Pedro Escribano en el que increpa a un policía, preguntándole si nunca había leído a Washington Delgado me arrancó una sonrisa Pero reír a carcajadas, hasta las lágrimas con un poema, sólo con ‘el deportado feliz’ . Los poetas suelen ser graves y solemnes. También me ha conmovido mucho cuando se pone melosamente sentimental y no tiene la verguenza de la mayoría de sus congéneres para hablar con sencillez y hasta candor, de amor. Amor por sus hijas, por su esposa, por sus padres, por sus abuelos, por sus empleados. Este muchacho es en verdad sentimental .Pero está muy lejos de ser un ganso. Al contrario, como buen escritor que se respete, es un marginal y un mordaz cuestionador del (des)orden establecido. Tiene poemas de profunda crítica social en los que coge un tono de burla y sarcasmo en los que hasta él mismo queda mal parado. Me refiero por ejemplo a ‘yo no quiero ser presidente’, ‘fruta prohibida’, ‘palabras que nohay que decir en la televisión’, ‘no tan dura es la ley’.
El tema del libro, es el propio Bayly. Todo el poemario es una especie de “aprendizaje de la limpieza” ( que es título de un libro del poeta Rodolfo Hinostroza en el que trata del largo psicoanálisis al que se sometió.) Bayly no menciona a ningún psicólogo. Para él su terapia declarada es escribir, escribir, escribir. Habla de sí mismo con inusual honestidad, a calzón quitado, tomándose el pelo, jugando un poquito con el pelo de todos nosotros. Bien por él y por sus lectores. Ahora sólo nos queda esperar que la terapia continúe, que publique nuevas novelas y otros libros como el que hoy comentamos. Aunque no haya poesía.
lunes, 28 de mayo de 2007
domingo, 20 de mayo de 2007
La semana que pasó
Después de varios días en los que hubo sol, pero igual se sentía frío en la mañana y en la noche, Lima parece estar volviendo a los calores del verano en un fines de mayo en el que tendríamos que estar instalándonos con fuerza en el invierno. Bonito, claro, pero preocupante. Así como es preocupante que las playas de España estén infestadas de malaguas y que los osos del hemisferio norte no hayan invernado. Ahora todos hablan del calentamiento global, de la necesidad de cuidar y proteger la naturaleza, de combatir el efecto invernadero, pero ¿qué hacemos realmente para cambiar el curso de los acontecimientos? No es suficiente crear conciencia si es que eso no va de la mano de medidas concretas. Cada uno de nosotros tiene que entender que la solución no la va a dar el gobierno ni algún organismo internacional que se hará cargo, no sabemos cuando, de enfrentar el problema. La solución vendrá de lo que cada uno haga, por insignificante que parezca. Ya no es asunto de "verdes"a los que miramos con simpatía por idealistas mientras nosotros seguimos con nuestras costumbres contaminantes. Es necesario que entendamos que lo que hacemos no pasa piola, que tiene un efecto y que ese efecto es irreversible.
Salió ayer publicado en la primera plana de El Comercio el resultado de una encuesta aplicada a jóvenes estudiantes que participaron en la CADE universitaria 2007. El 85% de esos jóvenes siente que el Perú está progresando y mira con optimismpo el futuro. Yo que no soy tan joven y que puedo comparar pienso igual que ellos. Venimos saliendo de un montón de años en los que la situación económica fue malísima, la crisis permanente y el ánimo de la gente por los suelos. Una amiga que vive fuera y visita el Perú de tiempo en tiempo me comentó algo que me dejó pensado: Lima ha mejorado muchísimo estos últimos años, está más limpia, más ordenada, no se ve tanta miseria, las personas se visten mucho mejor, se nota mayor dignidad. Eso me impresionó: el asunto de la dignidad. Disfruto mucho ir a un centro comercial y ver a personas de toda clase y condición social accediendo con la misma oportunidad a los productos y servicios. Lo que nos falta mejorar también está en nosotros y en las actitudes que asumimos. El tránsito por ejemplo. Se trata de un poquito de paciencia, tolerancia y de pensar que si respetáramos las reglas y a los demás, los que nos beneficiaríamos seríamos nosotros mismos. ¿ Qué ganas obstruyendo el paso en una intersección con semáforo si adelantas en ámbar en vez de parar y dejar la pista libre para los que ahora están en verde? ¿Crees que porque tocas la bocina el carro que está delante tuyo detenido por alguna razón avanzará más rápido?
¿La vida vale lo mismo para todos?
El hermano de la nuera de la señora que trabaja en mi casa almuerza tranquilo en su casa el día jueves, al rato sale y en el camino hacia el paradero donde piensa tomar su movilidad se encuentra con un vecino suyo en medio de una gresca. Se acerca a ayudarlo, a separar la pelea y de la nada recibe un balazo y luego otro, que lo mata. Tiene 18 años y es una muerte absurda. No es el primer caso de violencia. A menudo Elsa me cuenta de asaltos, de pandillas, de comercializadores de drogas, de los turnos de rondas nocturnas que hacen sus vecinos para combatir estos flagelos. Los "grandes" (así llama ella a los que habitamos los barrios residenciales) tenemos, mal que bien, el serenazgo, la policía, las rejas, los cercos eléctricos. ¿Qué tenía ese joven que salió de su casa en Pamplona Alta el jueves después del almuerzo para no volver nunca más?
Salió ayer publicado en la primera plana de El Comercio el resultado de una encuesta aplicada a jóvenes estudiantes que participaron en la CADE universitaria 2007. El 85% de esos jóvenes siente que el Perú está progresando y mira con optimismpo el futuro. Yo que no soy tan joven y que puedo comparar pienso igual que ellos. Venimos saliendo de un montón de años en los que la situación económica fue malísima, la crisis permanente y el ánimo de la gente por los suelos. Una amiga que vive fuera y visita el Perú de tiempo en tiempo me comentó algo que me dejó pensado: Lima ha mejorado muchísimo estos últimos años, está más limpia, más ordenada, no se ve tanta miseria, las personas se visten mucho mejor, se nota mayor dignidad. Eso me impresionó: el asunto de la dignidad. Disfruto mucho ir a un centro comercial y ver a personas de toda clase y condición social accediendo con la misma oportunidad a los productos y servicios. Lo que nos falta mejorar también está en nosotros y en las actitudes que asumimos. El tránsito por ejemplo. Se trata de un poquito de paciencia, tolerancia y de pensar que si respetáramos las reglas y a los demás, los que nos beneficiaríamos seríamos nosotros mismos. ¿ Qué ganas obstruyendo el paso en una intersección con semáforo si adelantas en ámbar en vez de parar y dejar la pista libre para los que ahora están en verde? ¿Crees que porque tocas la bocina el carro que está delante tuyo detenido por alguna razón avanzará más rápido?
¿La vida vale lo mismo para todos?
El hermano de la nuera de la señora que trabaja en mi casa almuerza tranquilo en su casa el día jueves, al rato sale y en el camino hacia el paradero donde piensa tomar su movilidad se encuentra con un vecino suyo en medio de una gresca. Se acerca a ayudarlo, a separar la pelea y de la nada recibe un balazo y luego otro, que lo mata. Tiene 18 años y es una muerte absurda. No es el primer caso de violencia. A menudo Elsa me cuenta de asaltos, de pandillas, de comercializadores de drogas, de los turnos de rondas nocturnas que hacen sus vecinos para combatir estos flagelos. Los "grandes" (así llama ella a los que habitamos los barrios residenciales) tenemos, mal que bien, el serenazgo, la policía, las rejas, los cercos eléctricos. ¿Qué tenía ese joven que salió de su casa en Pamplona Alta el jueves después del almuerzo para no volver nunca más?
domingo, 6 de mayo de 2007
Generación privilegiada
Los que nacimos en los años cincuenta o antes pertenecemos a la generación que ha sido testigo de los cambios más alucinantes y radicales en lo que respecta a la tecnología y las comunicaciones. Recuerdo claramente cuando llegó la televisión a mi casa. Mi hermano mayor volvía de una larga estadía en el Instituto de Rehabilitación de Nueva York y le habían regalado un aparato blanco y negro que , oh maravilla de la modernidad, funcionaba con control remoto. Los canales permanecían en el aire solo algunas horas, los programas locales eran en vivo y los comerciales también. La familia se reunía en la sala de la casa alrededor del televisor y el programa estrella era Dineylandia los domingos a las 8p.m
La primera vez que escuché hablar de computadoras fue cuando me enteré que una de mis primas había entrado a un instituto a estudiar programación IBM, la carrera del futuro. Unas máquinas enormes recibían unas tarjetas perforadas y procesaban la información que había en ellas como por arte de magia. Mi primera experiencia con una de las nuevas y revolucionarias computadoras personales fue con una Atari de la época del D.O.S. Recuerdo bien que no me movía nada bien con los comandos F7 ni F3, pero sí llegué a disfrutar de las delicias del juego Packman.
Una amiga que siempre iba a la vanguardia en lo que a artefactos respecta, fue la primera de mis conocidos que tuvo un Betamax. Tremendo armatostre que te permitía ver películas en casa, a la hora que tú quisieras. Esa misma amiga fue la primera que se compró computadora para su casa. Estaba fascinada con el procesador de textos del Word Processor y nunca entendí bien cuál era la bondad de cortar y pegar párrafos, que era una de las opciones que a ella más la encandilaban. Se llenaba de entusiasmo con eso de si tú quieres esto de acá lo pasas para allá. Para mí redactar sigue siendo un proceso lineal. Igual, fue la primera que trató de enseñarme a usar la computadora. Y aunque es muy buena y muy paciente, tengo que decir que era yo tan mala aprendiz que al rato tuvo que darse por vencida y tirar la esponja. Gracias a Dios ha existido un Bill Gates y las ventanas nos liberaron del D.O.S.
Cuando era niña, solo las familias de clase alta o media tenían teléfono en sus casas. Se hacía una cola de años en la compañía peruana de teléfonos, se pagaba una cuota carísima de varios miles de dólares por la línea y si a un familiar o conocido le instalaban el teléfono era noticia que corría y se celebraba por todo lo alto.
¿Serán los niños y jóvenes de hoy capaces de imaginarse un mundo sin laptops, celulares, dvd, gamecubes, messenger, blogs y chat? Nosotros lo vivimos y hemos vivido también con asombro y deleite la irrupción del boom de las telecomunicaciones. Lo más bonito de todo, para mí, es que esta sí es una revolución democrática. El acceso a todos estos nuevos medios de comunicación es bastante accesible para todos. Hasta en los lugares más lejanos y apartados del Perú hay cabinas internet y cada día puedes conseguir un celular más barato.
La primera vez que escuché hablar de computadoras fue cuando me enteré que una de mis primas había entrado a un instituto a estudiar programación IBM, la carrera del futuro. Unas máquinas enormes recibían unas tarjetas perforadas y procesaban la información que había en ellas como por arte de magia. Mi primera experiencia con una de las nuevas y revolucionarias computadoras personales fue con una Atari de la época del D.O.S. Recuerdo bien que no me movía nada bien con los comandos F7 ni F3, pero sí llegué a disfrutar de las delicias del juego Packman.
Una amiga que siempre iba a la vanguardia en lo que a artefactos respecta, fue la primera de mis conocidos que tuvo un Betamax. Tremendo armatostre que te permitía ver películas en casa, a la hora que tú quisieras. Esa misma amiga fue la primera que se compró computadora para su casa. Estaba fascinada con el procesador de textos del Word Processor y nunca entendí bien cuál era la bondad de cortar y pegar párrafos, que era una de las opciones que a ella más la encandilaban. Se llenaba de entusiasmo con eso de si tú quieres esto de acá lo pasas para allá. Para mí redactar sigue siendo un proceso lineal. Igual, fue la primera que trató de enseñarme a usar la computadora. Y aunque es muy buena y muy paciente, tengo que decir que era yo tan mala aprendiz que al rato tuvo que darse por vencida y tirar la esponja. Gracias a Dios ha existido un Bill Gates y las ventanas nos liberaron del D.O.S.
Cuando era niña, solo las familias de clase alta o media tenían teléfono en sus casas. Se hacía una cola de años en la compañía peruana de teléfonos, se pagaba una cuota carísima de varios miles de dólares por la línea y si a un familiar o conocido le instalaban el teléfono era noticia que corría y se celebraba por todo lo alto.
¿Serán los niños y jóvenes de hoy capaces de imaginarse un mundo sin laptops, celulares, dvd, gamecubes, messenger, blogs y chat? Nosotros lo vivimos y hemos vivido también con asombro y deleite la irrupción del boom de las telecomunicaciones. Lo más bonito de todo, para mí, es que esta sí es una revolución democrática. El acceso a todos estos nuevos medios de comunicación es bastante accesible para todos. Hasta en los lugares más lejanos y apartados del Perú hay cabinas internet y cada día puedes conseguir un celular más barato.
martes, 1 de mayo de 2007
Perú a la vanguardia en medicina y psicología
Asombroso, al otorrino que me hizo el examen para la renovación del brevete le bastó con mirarme para saber mi presión arterial, el número de mis pulsaciones por minuto, y las condiciones en en las que se encuentran mi corazón y pulmones . Solo me dijo buenos días, me hizo pararme en un pie y luego en el otro, cerrar los ojos y repetir tres números y de ahí me entregó un papel en el que no solo decía que mi oído funcionaba de maravilla sino que además daba fe de que mi presión estaba en 11/6, que mis pulsaciones eran 63 por minuto y que del corazón y los pulmones estoy cañón. Fue el sábado pasado en uno de los centros médicos autorizados a los que tienes que ir si necesitas revalidar tu licencia de conducir. Pagas treinta y cinco soles y eso cubre tu paso por un médico general, al que nunca vi, un oftalmólogo, un otorrino y un psicólogo. Han pasado ya diez años desde que renové mi brevete y es importante para la seguridad ciudadana que yo me encuentre en óptimas condiciones físicas y psicológicas para seguir manejando. En la prueba psicológica tú respondes algo así como cien preguntas, haces unos dibujos y respondes otras tantas preguntas de "cultura general". Por ejemplo, para demostrar lo apta que te encuentras para conducir un auto debes saber que libro es a biblioteca como cuadro es a a) discoteca b) hemeroteca, o c) pinacoteca. El psicólogo que revisa tus respuestas es de una habilidad casi tan asombrosa como la del otorrino. No necesita leer tus respuestas a las preguntas. Le basta también con mirarte un instante para declararte apta para seguir conduciendo con toda prudencia y seguridad por las calles y carreteras del Perú. Eso, tengo que confesar, me hizo sentir un tanto decepcionada. Me había pulido en mis respuestas y me sentí defraudada de que no me hiciera ni el menor comentario. Algunas preguntas eran de series matemáticas y no eran tan fáciles que digamos, aparte de que fui muy sincera cuando respondí que no siempre me sentía feliz. Pero bueno, eso no tiene importancia. Lo que debemos saludar aquí es el profesionalismo, la seriedad y la responsabilidad con las que se llevan a cabo estos exámenes. Con razón ahora sí que se maneja cada vez mejor en el Perú. Fíjate que ya no es como cuando renové mi brevete hace diez años. Lo recuerdo bien. Fui a uno de esos centros médicos a la hora de la siesta. Estando en la salita de espera del médico general escuché una voz que salía del consultorio. Sin invitarme a pasar ni mirarme siquiera me preguntó: "¿es usted sanita señora?", muy sanita, le respondí. Vaya no más, me dijo. Y eso fue todo.
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