martes, 21 de julio de 2009

Un cuentito que escribí hace años

Angie

La rutina todas las mañanas era la misma. Luisa se levantaba temprano, bajaba a preparar el desayuno, la lonchera de su hijo, algo del almuerzo y cuando estaba ya todo bajo control, subía a despertar al niño y juntos tomaban desayuno, apurados, pensando cada día que hoy sí, definitivamente, llegarían atrasados.

Su marido ni se enteraba. Él trabajaba hasta tarde cada noche y podía darse el lujo de quedar ahí acurrucado y calentito hasta un rato después. Se despedían con un beso entre sueños y, corriendo casi, ella y el niño recorrían las dos cuadras hasta el garaje donde guardaban el auto.

Luisa dejaba a su hijo en el colegio, recogía en una esquina a dos compañeras de trabajo y luchando con el pesado tráfico de la mañana se apuraba para llegar a tiempo a la oficina.

Así cada mañana.

Pero ese día fue diferente. El niño había estado afiebrado la noche anterior y como había amanecido húmedo y frío, Luisa había decidido no despertarlo. Que se quedara. Total, por un día. Mejor que no se enfriara. Jorge había dicho que iba a trabajar en la casa, entonces podía cuidarlo.

A Natalia tampoco tenía que recogerla. El día anterior le había dicho que no la esperara, que iba a pasar la noche en casa de una amiga. Sólo Susana, pero Luisa decidió llamarla. Si no iba al colegio a dejar al niño, se desviaba demasiado y Susana podía irse con su hermano o su cuñado.

Qué rico, pensaba Luisa. Así tengo un poquito más de tiempo para tomar desayuno con calma. No tengo que preparar la lonchera y el camino de acá a la oficina serán quince minutos.

Una vez cumplidos los ritos, Luisa caminó a recoger su auto, calentó el motor, lo sacó del garaje y emprendió su camino.

Qué sensación de libertad estar sola. Prendió el radio. Angie. Los Rolling Stones. Puso el volumen al máximo. El tráfico estaba especialmente pesado esa mañana. Luisa pensaba en el trabajo pendiente, Todas esas cartas y Mick Jagger en su oído susurrando: Angie, Aaaaaaaangie.

Llegó a la esquina donde debía tomar la carretera Panamericana y dirigirse al norte, hacia su oficina. Hacia allá el tráfico estaba cargado. La salida al sur en cambio, fluida.

Luisa se animó a hacerse una broma, en honor a los Stones, ¿Y si tomaba la carretera sur? Total, por un día que faltara a la oficina... Pero ¿y a dónde iría? Bueno, a la playa, al sur, a ver el mar. ¿Por qué no? Eran esas cosas que a una se le ocurren y nunca se atreve a hacer.

El tráfico era lento pero ya estaba casi por llegar al puente. La decisión era ahora o nunca.

Luisa, segura de que no se atrevería, se despedía ya de su travesura, cuando el radio le toca, así seguidito no más, uno de sus boleros favoritos: Solo, rodando por el mundo...

No se reconocía. ¿A dónde estaba yendo? Una mujer previsible y responsable como ella ¿qué hacía camino a la playa a las ocho de la mañana de un martes de invierno?

Igual, como poseída de una fuerza desconocida, apurada primero como si alguien la persiguiera, muy tranquila y en paz después, Luisa fue planeando lo que haría esa mañana.

El tanque tenía suficiente gasolina y la billetera suficiente plata como para un almuerzo sabroso en Pucusana. Era el lugar definitivamente. Durante un rato se rió a carcajadas. Los que me ven deben creerme loca. Qué delicia. Se mandaba mudar, se largaba. Se imaginó a su jefe y más risa le daba. Después se puso a cantar. Ese programa del recuerdo estaba bueno. Tocaban las de toda la vida. Y ella sabía muchas letras y las que no, las tarareaba.

Ya estaba por San Bartolo cuando miró su reloj. Eran las 8:35. Estaba definitivamente ausente de su trabajo.

¿Se habrían dado cuenta de que no había llegado?

Pero no había que pensar en eso, sino más bien en cómo iba a engreírse y regalarse para pasar un excelente día. ¿Acaso se había hecho la vaca para estar pensando en el idiota de su jefe?

Por desgracia, él sí estaba pensando en ella. La buscaba por toda la oficina y les preguntaba a sus compañeros de trabajo si la habían visto. Tenía unas cartas urgentes, era raro, muy raro que ella faltara y más raro todavía, sin avisar...¿No le habrá pasado algo? Natalia, Susana, ¿ustedes no vienen con Luisa? Llamen a su casa por favor.

Jorge contestó entre sueños y al principio no entendía lo que le decían, que si Luisa estaba enferma, que por qué había faltado. ¿Habré soñado que se despidió de mí hace un buen rato?

- Diego, oye Diego, ¿está tu mamá? Señor Linares, usted debe haberse equivocado, Luisa no está enferma, salió hace rato para la oficina. ¿No ha llegado?

4 comentarios:

Rosario dijo...

Me encantó la historia, me quedé con las ganas de cómo pasó el día Luisa.
Saludos

Pequita dijo...

yo también quiero irme a Pucusana y dejar a todos en la casa!!!!

Anónimo dijo...

Luisa me ha dejado interesadísima, sigue algo más? le
pasa algo a Luisa o se encuentra con alguien interesante?
estoy intrigada. Yo creo que Luisa existe en todas las
mujeres responsables que se han ido haciendo de múltiples
ocupaciones en su vida sin permitirse romper cada
cierto tiempo con esa rutina agobiante
y matadora. Afortunadamente, cuando yo descrubrí
ésto, decidí que no podía dejarme arrastrar por la
corriente y siempre conté con amigas cómplices deseosas de
vivir ellas también un poco de aventura y sentir la
adrenalina que produce lo "prohibido" (o sea lo
establecido) Qué rico!!!!!

Isabella dijo...

Yo tambien siempre pense como Luisa hasta el dia en el Haiti en que Vicky Guzman me dijo: Y por que tienes que ser tan sensata? Ahi recien descubri que ser sensata no era obligatorio, ni necesariamente sabio. Gracias, Luisa!