-O fául o te tiro una patada, ahora o en el segundo tiempo. Cuando menos lo pienses. ¿Ya, mierda? Y no me da risa.
Son los chicos, jugando fútbol. Me he parado a mirarlos y el flacucho de mi hijo está tirado, inmóvil, en el pasto. Su compañero de equipo es varios años mayor y es el que cuadra a la única niña, que es más recia que los tres juntos. Su hermano espera callado que el partido se reanude.
Se supone que son muy amigos, aquí del barrio. Juegan los cuatro, a veces se les unen los hijos de Vicky o la hermanita de Karina.
Karina es el centro, ella mueve todo el juego, lo manda, lo ordena. Las bravatas de Rodrigo son sólo eso. Ella se ríe. Ella sabe que los tiene pisados. Juega mejor que ellos y decide cuando las cosas empiezan o terminan.
Hubo en tiempo en que me preocupaba la influencia que ella ejercía sobre Juanito. Era su gurú. Eso fue en el verano -ese tiempo eterno y mágico de los niños- Juanito sólo hacía lo que Karina decía, vivía pendiente de ella, soltaba sentencias y opiniones como propias y al momento adivinábamos de dónde procedían.
Eso ya pasó. En época de colegio los horizontes se amplían, hay contacto con más gente, con más cosas, y los niños tienen que aprender a «bailar con su propio pañuelo», a defenderse y a ir forjando su propio yo. Para bien o para mal. Ya no me viene con tantos secretos, ni con planes, ni con cucos, ni con historias de terror. El tiempo disponible hay que usarlo en jugar. Ya no lo alternan con conversaciones. Cada uno desarrolla solo su intimidad y su conciencia.
¿Qué pensarán estos niños cuando cansados en la noche se tiran a su cama a mirar el techo y a esperar que el sueño los gane?
Juanito me dice:
-Yo no sé cómo es la vida de los demás. Solo sé de mi mismo. ¿Cómo será ser otro, mami?
¿Quién de chico no ha pensado eso?
¿Quién de grande no se pregunta por su propia existencia imaginándose lo que hubiera sido si en lugar de uno mismo fuera por ejemplo aquel calvito barrigón que camina por la acera de enfrente?
Son los chicos, jugando fútbol. Me he parado a mirarlos y el flacucho de mi hijo está tirado, inmóvil, en el pasto. Su compañero de equipo es varios años mayor y es el que cuadra a la única niña, que es más recia que los tres juntos. Su hermano espera callado que el partido se reanude.
Se supone que son muy amigos, aquí del barrio. Juegan los cuatro, a veces se les unen los hijos de Vicky o la hermanita de Karina.
Karina es el centro, ella mueve todo el juego, lo manda, lo ordena. Las bravatas de Rodrigo son sólo eso. Ella se ríe. Ella sabe que los tiene pisados. Juega mejor que ellos y decide cuando las cosas empiezan o terminan.
Hubo en tiempo en que me preocupaba la influencia que ella ejercía sobre Juanito. Era su gurú. Eso fue en el verano -ese tiempo eterno y mágico de los niños- Juanito sólo hacía lo que Karina decía, vivía pendiente de ella, soltaba sentencias y opiniones como propias y al momento adivinábamos de dónde procedían.
Eso ya pasó. En época de colegio los horizontes se amplían, hay contacto con más gente, con más cosas, y los niños tienen que aprender a «bailar con su propio pañuelo», a defenderse y a ir forjando su propio yo. Para bien o para mal. Ya no me viene con tantos secretos, ni con planes, ni con cucos, ni con historias de terror. El tiempo disponible hay que usarlo en jugar. Ya no lo alternan con conversaciones. Cada uno desarrolla solo su intimidad y su conciencia.
¿Qué pensarán estos niños cuando cansados en la noche se tiran a su cama a mirar el techo y a esperar que el sueño los gane?
Juanito me dice:
-Yo no sé cómo es la vida de los demás. Solo sé de mi mismo. ¿Cómo será ser otro, mami?
¿Quién de chico no ha pensado eso?
¿Quién de grande no se pregunta por su propia existencia imaginándose lo que hubiera sido si en lugar de uno mismo fuera por ejemplo aquel calvito barrigón que camina por la acera de enfrente?
1 comentario:
me acuerdo bien de esa ápoca. me tocó ser el más chico del barrio, y era o sufrir un poco o quedarme metido en la casa. a estas alturas, creo que me las arreglé, ¿no, ma?
Juanito.
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